martes, marzo 25, 2014

Duelos

Aunque los leí hace ya mucho tiempo, todavía, cada vez que alguien nombra a Rosalía de Castro, se me viene el preciso recuerdo de estos versos de su autoría, cuyo descubrimiento debe haberme impresionado bastante. En A mi madre (1863), se pregunta la poetisa:

¿Llegará a tanto el insensible olvido?...
¿La ingratitud del hombre a tanto alcanza,
que entre uno y otro lazo desunido
ceda siempre al vaivén de la mudanza?

Se le ha muerto la madre a Rosalía, y en esta obra ella se niega a olvidarla y se aferra a la congoja del duelo, cuyo alivio promete no encontrar.

Ahora volvieron a visitarme los mismos versos mientras leía la epístola 63 de Séneca a Lucilio. Aquella mudanza que Rosalía teme, al famoso estoico le parece deseable y hasta inevitable. En efecto, a Lucilio, muy afectado por la muerte de un amigo común de ambos, le dice Séneca: "Apenas hayas dejado de prestarte atención, esa imagen de la tristeza desaparecerá; ahora vos mismo estás custodiando tu dolor. Pero incluso al que lo custodia  se le escapa".

martes, noviembre 02, 2010

Gratitud



Por resucitarnos y levantarnos.

domingo, octubre 24, 2010

Voces IV

Desde comienzos de 2009, ni bien empecé a tener informaciones sobre el ante-proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, aquella posibilidad de establecer una nueva legislación en materia de medios de difusión me entusiasmó muy especialmente. Como fue inevitable por la fuerte reacción adversa que la iniciativa concitó desde amplios sectores, mantuve unas cuantas polémicas alrededor del asunto; en ellas, por lo general, intenté defender el proyecto de muy diversas críticas que se le dirigían de buena o de mala fe.
Trataré, por ahora, de reconstruir y repasar acá algunos de aquellos intercambios, exponiéndolos en un cierto orden temático: empezando por tres debates que en el abordaje del asunto fueron, diría yo, preliminares, y pasando después a la profundización en cuestiones que hacen al contenido de la ley.

Sosteníamos los defensores del proyecto que era necesario reemplazar la Ley 22.285 de Radiodifusión promulgada por Videla en 1980. Casi nadie se atrevía a poner en duda tal necesidad. Sin embargo, me encontré con una simpática y astuta provocación, a saber: que al Hospital Garrahan también lo hizo la dictadura y que esa no sería razón suficiente para demolerlo. En rigor, según puede leerse en la página oficial de ese establecimiento, las obras de su construcción comenzaron en 1975; seguramente continuaron durante la dictadura, pero, comoquiera que esto fuese, la objeción mentada sigue pareciendo atendible: atribuye a nuestro alegato el carácter de una falacia ad hitlerum –o, diría yo, ad videlam–, es decir, un tipo de falacia ad hominem consistente en rechazar de modo mecánico todo lo relativo a la última dictadura, dándolo automáticamente por malo.
Aunque es cierto que, expresado a veces con liviandad, nuestro argumento pudo aparecer como una mera falacia, no era tal si se lo exponía correctamente. La ilegitimidad de una ley de la dictadura deriva, no de que es de los milicos, sino de que es un decreto-ley; quiero decir: nuestra impugnación de aquella normativa debía subrayar no propiamente por quién había sido promulgada, sino la irregularidad del procedimiento por el que se promulgó, a saber: la firma, por un gobernante de facto, de un decreto que la puso en vigencia sin que fuera también aprobada por el Congreso (disuelto, se sabe, en aquel entonces). La obra pública aprobada irregularmente puede seguir cumpliendo luego aquellas funciones para las que fue construida u otras distintas; pero en lo que respecta a legislación, y más aun si se trata de normas que atañen a derechos constitucionales como la libertad de expresión, la ilegitimidad de origen parece asunto de mucha mayor gravedad.
Nos objetaba aquí alguno ingenuamente: si esto es así, también deberían siquiera revisarse explícitamente toda una serie de otras normativas sancionadas en aquellos trágicos años y cuya vigencia aún seguimos arrastrando. Nosotros, chochos: ¡por supuesto que deberían! A muchos nos parece urgente, por ejemplo, la sanción de una nueva Ley de Servicios Financieros que derogue la Ley 21.526 instituida por decreto de Martínez de Hoz –pero este ya sería otro tema, para tratar quizá en otro post.
Lo dicho hasta aquí, sin embargo, parece opacado por otra objeción posible en este punto, que es la siguiente: puesto que la Ley 22.285 había sufrido diversas reformas desde los años '90, en cierto modo se la podía considerar implícitamente validada en democracia. No estoy cierto de que tal afirmación, un poco vaga, pueda ser correctamente fundada, pero tampoco de cómo refutarla; por esto –y sin entrar en el detalle de cuáles fueron aquellas reformas, cómo se hicieron y en posible respuesta a qué intereses privados–, para no afrontar el riesgo de quedar en orsái metiéndome con una cuestión en la que soy profano, yo me limitaría a afirmar que, en cualquier caso, las razones más fuertes para la derogación de la vieja ley y la sanción de una nueva no tenían que ver fundamentalmente con su origen, sino con su contenido.
Quizá en el próximo post pueda exponer con alguna evidencia la vetustez de la Ley 22.285. Por ahora baste como ejemplo de ello la mención de su artículo 96, que establecía que el organismo que regulara la aplicación de la norma (el famoso ComFeR) debía integrar su Directorio con siete representantes, de los cuales cinco correspondían a fuerzas militares y servicios de inteligencia y dos al empresariado mediático; el organismo debía también ser asesorado por la SIDE. Ese artículo siguió intacto hasta octubre del año pasado: desde la recuperación democrática el ComFeR debió ser dirigido por algún interventor nombrado por el Poder Ejecutivo Nacional de turno.
En fin, es quizá discutible si formalmente la antigua ley seguía o no siendo una ley de la dictadura; en cambio, no debería haber dudas de que la nueva, guste o no, es una ley de la democracia.

Otra de las críticas que oímos alegaba la inoportunidad de la iniciativa parlamentaria en pos de una nueva ley de radiodifusión. Se dijo, por ejemplo, que el Congreso no tenía ninguna representatividad tras las elecciones legislativas del 28/6/09 y que, por consiguiente, para tratar el proyecto debía, más bien, esperarse hasta la asunción de los diputados y senadores recién electos.
Opiné y opino, por el contrario, que el Congreso estaba entonces legitimado en los actos eleccionarios de 2005 y 2007, por quienes votamos diputados y senadores para que ocuparan sus cargos durante 4 años, períodos que seguían vigentes; que la democracia tiene sus formas y éstas no rigen o dejan de regir según el gusto de cada uno; que si no hubiera sido legítimo ese Congreso, el Poder Legislativo habría debido quedar prácticamente clausurado durante casi un año, desde mediados de 2009 hasta marzo de 2010, que era cuando empezarían recién las sesiones ordinarias con la nueva composición parlamentaria.
Quizá me equivocara, pero, en todo caso, me pasó como a J. J. Campanella, quien a partir de la cantidad de veces que proyectos de este tipo habían sido cajoneados en las últimas tres décadas, no tenía ninguna confianza en que el nuevo Congreso siquiera lo tratase. Consideré, como él, que sería mejor aprovechar que la discusión estaba instalada para aprobar por fin la ley, y que a su turno los legisladores entrantes determinarían –o no– su eventual modificación.

Se nos llegó a decir que aquel proyecto de ley no figuraba en la plataforma electoral presentada por el Frente Para la Victoria para las elecciones presidenciales de 2007 y que la iniciativa había surgido como un medio para perjudicar al Grupo Clarín, crudamente adverso al Gobierno nacional, se sabe, desde el conflicto por las retenciones móviles a las exportaciones agropecuarias.
La falsedad de la primera afirmación puede comprobarse con el simple expediente de leer aquella plataforma; y dado que ésta fue elaborada antes del enfrentamiento con el multimedios, la segunda afirmación queda al menos debilitada por la constatación antedicha. Ahora bien, podríamos sí reconocer, si se quiere, que en caso de no haber existido tal enfrentamiento, el proyecto seguramente no habría sido impulsado con tanto apremio y tan escasas concesiones al multimedios; que al kirchnerismo le convenía sancionar esta ley, porque dispone una mengua del poder mediático del Grupo Clarín, era cosa evidente. Sin embargo, a nuestro entender, la discusión del proyecto debía centrarse en la elucidación de algo mucho más importante, a saber: si la ley era conveniente o no para el país, es decir, si proponía o no mejoras sustantivas en la regulación de los medios audiovisuales.
Por otra parte, el examen minucioso de su texto permite apreciar que se trató de un proyecto mucho más elaborado y complejo de lo que pretendía aquel simplismo que lo acusaba de ser sólo un arma anti-Clarín. En efecto, contiene muchas disposiciones que no sólo no implican perjuicio alguno para aquel grupo mediático, sino que incluso reducen la injerencia del PEN en diversos ámbitos, como por ejemplo la dirección y administración de los medios de difusión públicos: al respecto pueden consultarse los arts. 131 y sigs.

En defintiva, ¿la ley es buena o no? Ésta era –y es– la principal pregunta que debía hacerse, y que nos debía remitir de lleno a un estudio cuidadoso de su contenido, acerca del cual tuve también variadas discusiones que quedan para el próximo post.

lunes, octubre 11, 2010

Voces III

Ayer se cumplió un año de la promulgación de la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual.

La próxima semana, tras rendir un examen, intentaré publicar algo más serio y extenso sobre el tema.

En el caso de que la ley se promulgara, como sucedió, yo me había comprometido antes –no sé ante quién– a trabajar –no sé cómo ni cuándo– en radio.

sábado, agosto 28, 2010

Voces II

A ver si puedo espabilar un poco este espacio, compartiendo un buen programa y adelantando el tema sobre el que intentaré mandarme un post próximamente.



Creo que no me viene mal publicar acá algunas opiniones y enlaces, y además me divierte la posibilidad de ser llamado "bloguero K" y acusado de recibir platita por esto.
De paso aprovecho a compartir esta nota de hace algunos meses, que me ha gustado, aunque su título no parece tener mucho que ver con su contenido.

martes, abril 06, 2010

Symposion

La acción transcurre en un bar. Entre un grupo de amigos y conocidos, algunos entablan un debate sobre la valoración de una conducta x de una figura pública Z, ajena al grupo. Finalmente acaparan la palabra dos personajes, A y B. Su discrepancia es menor: aunque ambos opinan que x está éticamente mal, por un lado, A, severo, lacónico, sostiene que x es un atropello escandaloso, prolegómeno de una serie de actos semejantes o aun peores; por su parte, B, vueltero, verborrágico, sostiene que x no es tan grave y que no debe juzgarse a Z sólo por ello y que hay conductas mucho peores que A debería repudiar. Ninguno cede; la discusión se alarga demasiado y se malea con algunas expresiones desdeñosas. De pronto ya no se habla de x.

A.- Me parece un error buscar que los amigos de uno piensen como uno. Está bueno si pasa, pero si no, hay que aprender a consensuar. Muchos pueden tener opiniones distintas y cada uno considera la propia como la mejor.

B (algo desconcertado, apoyándose en la mesa).- Pero ¿vos qué entendés por "consensuar"? ¿Cuál es la propuesta? ¿Que, ante cualquier diferencia de opinión, cantemos que cada uno tiene su propia verdad y nos quedemos en un mísero acuerdo del desacuerdo, evitando el intercambio crítico de argumentos? Yo propongo lo contrario: creer que, cuando discrepamos, no habla cada uno de algo distinto (de sus percepciones totalmente particulares) sino los dos de lo mismo (del objeto común de nuestras percepciones), y no renunciar, cuando nos parece que el otro se equivoca, a la libertad de expresárselo, para intentar, por vía de la argumentación, resolver esa discrepancia llegando a afirmar algo en común. Por eso, y como creo que te equivocás, trato de persuadirte.

A (impávido y tajante).- Fallás desde el momento en que te proponés cambiar la forma de pensar del otro para adaptarla a la tuya.

B (parpadea, atónito por un momento; luego se escandaliza y recae en espontánea pedantería).- Qué carajo... ¿Y esa sentencia? ¡Ahí hay una trampa semántica! Estás aprovechando la ambigüedad de la palabra "pensar", que en un sentido amplio, puede aludir al conjunto de facultades mentales de una persona, pero en un sentido mucho más reducido (que es el que vale en este caso), refiere al acto de juzgar, de tener una opinión. En un enunciado que a primera vista podría parecer aceptable, habilitás el desplazamiento imperceptible de un significado al otro, y de esta manera, al simple objetivo de persuadir a alguien sobre alguna opinión lo hacés aparecer como una imposible colonización de la subjetividad, y a mi actitud, que también es bastante ordinaria, como una especie de psicopateo descomunal, desparramo de un egocentrismo cósmico. Con el uso del verbo "adaptar" completás la distorsión. (Hace una pausa y toma aire.) Y si no, a ver, decime vos: ¿qué quiere decir que "fallo" desde el instante mismo en que me propongo convencer a otro de alguna proposición?

A (con un gesto brusco).- Bueno, acá se termina nuestra conversación. No puede ser que yo te conteste breve y claro como el agua, y vos me saltes con un desglose semántico sobre cada puta palabra que usé.

B (con el rostro desencajado, se va calmando de a poco).- ¿Que es un error que alguien pretenda cambiar la forma de pensar de otros y adaptarla a la de él? No, con esa formulación no se entiende un choto, aunque es cierto que
la frase quizá suene atractiva, porque parece una respuesta contundente para descolocar a cualquiera que argumentase contra nuestras opiniones.
Si nos atenemos a esta situación, tal vez podríamos precisar el planteo de este modo: que es un error que alguien pretenda convencer de algo que cree a otros que no lo creen. Ahora bien, alguien que sostuviera eso sinceramente no podría abordar ninguna discusión ni hacer ningún tipo de cuestionamiento personal a los demás. Por eso considero que pronunciás tu frase sin creer en ella: porque es contradictoria con las objeciones que venís presentando, desde hace un rato y muy auténticamente, a mis pareceres y mi proceder. En fin, desmentís esa afirmación cada vez que enfrentás mi opinión o la de cualquiera. Y está muy bien que la desmientas, porque es falsa.

A (molesto).- Yo no discuto porque quiera que los demás piensen como yo (o pretenda convencer o como sea que me corregiste mi frase poco clarita), sino para tratar de adquirir yo algun tipo de punto de vista nuevo que se me esté escapando.

B.- Estás corrigiendo lo que afirmo de vos y esa corrección no te da acceso a ningún punto de vista nuevo. Creés que me equivoco en algo y querés señalármelo: no es una vergüenza admitir la intención. Digo más: es hipócrita negarla.
(Mientras tanto, A sale. B no parece enterarse.)

B (sigue, embalado).- Defender lo que se cree (y lo que se cree, se cree verdadero) y señalar lo que se considera erróneo es una actitud común en la vida cotidiana, y toda polémica involucra una pretensión de ese tipo. Por eso me parece muy coherente con tus propias ideas que decidas cerrar el culo, si estás tan convencido de que es un error que alguien pretenda persuadir a otros.
(Mira a su alrededor, satisfecho. Descubre que no sólo A sino todos los demás se han retirado. Queda inmóvil. Mira al público inexistente.)

Telón.

sábado, noviembre 14, 2009

Opinión pública y democracia

Mientras los totalitarios reprimen toda información y toda manifestación de la conciencia popular, los cabecillas de la plutocracia impiden, por el manejo organizado de los medios de formación de las ideas, que los pueblos tengan conciencia de sus propios problemas y los resuelvan en función de sus verdaderos intereses.


De los Escritos inéditos de don Arturo Jauretche, que ayer cumplió 108 años y mucho no se le nota.

viernes, noviembre 06, 2009

Evidencias

Vos pensá que sería en vano señalarle a un defensor del creacionismo la enorme cantidad de similitudes estructurales que existen entre distintas especies de seres vivos y que están registradas por la anatomía y la embriología comparadas. Esos datos no alcanzarían a persuadirlo de la procedencia a partir de un ancestro común. Él, probablemente, te objetaría con astucia que hasta los partidarios del evolucionismo reconocen la existencia de parecidos estructurales entre especies filogenéticamente independientes. Y, para agregarle a esa objeción la propuesta de una explicación alternativa, postularía tal vez una escala en la que todas las especies, inmutables, pudieran ser ordenadas sucesivamente, en una gradación sutil de innúmeros escalones, según su nivel de complejidad y perfección: interpretadas a partir de tal esquema, las semejanzas entre especies vecinas no serían sino evidencias del estrecho eslabonamiento que liga desde siempre a todos los seres en una única y vastísima serie –cuya autoría, por supuesto, es atribuida a una sola Mano Creadora–. La naturaleza sería, así, según el defensor del creacionismo, un conjunto en el que cada especie tiene su lugar invariablemente fijado. Las mutaciones, que ya son una verdad indiscutible, sólo producen, te diría él, variaciones en caracteres accesorios. Esta vieja tesis de una scala naturae fue quizá formulada inicialmente por Aristóteles, ha subsistido durante muchos siglos y llegó a ser sostenida por otras celebridades de la anatomía comparada como Gottfried Leibniz, Charles Bonnet y Georges Cuvier. Por consiguiente, reconocé al menos que sería necio ignorar que muchos, antes que vos, han notado las mismas similitudes entre especies y, sin embargo, han sacado de ellas una conclusión bien distinta a la de Darwin.

Es inútil también que hagas mención de las correspondencias estructurales entre las especies actuales y las extintas. El propio Cuvier, casi el fundador de la paleontología, observó que en caso de existir una filiación entre unas y otras, debería registrarse una mayor evidencia fósil que testimoniara el proceso de transformación gradual de unas en otras. La escasez de evidencia en favor de un ritmo evolutivo uniforme, que sigue siendo reconocida hoy y que llevó a Stephen Jay Gould y Niles Eldredge a postular la teoría del equilibrio puntuado, ha brindado a muchos otros motivo o excusa para seguir apoyando el fijismo. En la opinión de ellos, las especies extintas habrían sido no menos constantes e inmutables que las de hoy; diversos cataclismos las habrían aniquilado, sin que dejaran ninguna descendencia.

Nuestra dificultad, como defensores de la teoría de la evolución, reside en que la transformación de unas especies en otras no es en realidad un fenómeno que podamos ver sucediendo, sencillamente porque no vivimos el tiempo suficiente. Llegamos demasiado tarde y nos vamos demasiado temprano.

miércoles, octubre 28, 2009

Voces

Un poco tarde, sí, pero para dejarlo acá asentado...


viernes, julio 31, 2009

G. K. Chesterton, en su biografía de Robert Browning, cuenta de éste que su sentido de la inviolabilidad de la diferencia humana era tan profundo, que la idea misma de la humanidad le parecía repugnante y prosaica, porque fundía a los hombres en una mezcla uniforme en la que todos, en lugar de combinarse, se perdían por completo, del mismo modo que si se tocaran cuatrocientas canciones hermosas a la vez. Creía Browning que a cada persona Dios le había hecho una confidencia definitiva y particular, y que cada uno de nosotros era, por ende, el secreto portador de un mensaje peculiar. A veces mi padre afirma, aunque a su manera, algo lejanamente similar o que podría considerarse un corolario de lo antedicho, a saber: que hasta el mayor de los pelotudos tiene alguna cosa interesante para aportarnos. A veces estas creencias falaces llegan a animarme un poco, pero casi siempre consigo escapar a la tentación de sentir que tengo algo propio que expresar. Sé que no soy único, ni siquiera especial. Soy casi nadie. Me bastaron unas pocas lecturas para reconocer que todo lo que podría decir ya fue mejor dicho por otros –incluso esta constatación melancólica no tiene nada de original. Pero me gusta, pese a todo, palabrear, y cada vez que, entre dilatados espacios de abstinencia, me llega de no sé dónde el impulso para sentarme a escribir, soy capaz abstraerme largamente en esta infructuosa tarea, a menudo postergando otras urgentes. Con un deleite morboso, me detengo acá y allá en la minuciosa reformulación de frases que me importan sólo a mí, retenido por cierta vanidad que me hace modelar y admirar la gracia que palpita en mi propio gesto inútil. Puedo, en estos casos, prescindir de la idea de un receptor, ya que habitualmente no es mi objetivo comunicar nada a nadie. Sólo me dejo escribir, y en medio de ese trance cualquier otro asunto aparece como una distracción molesta y fugaz. Recién cuando el ímpetu se acaba experimento la necesidad de publicarme, pero como el malestar por un trámite inevitable en el que debiera involucrar a terceros para que mediasen entre algo mío y yo. Ahora que termino, por ejemplo, me fastidia haber escrito, lo consumado me defrauda y no querría socializar esto de mí. Aun así lo publico y me pregunto no sé qué.

martes, mayo 19, 2009

Caverna

¡Seguimos en un nuevo bloque de ¡Qué Platón!, el programa de juegos más filosófico de la televisión! Bueno, mis socratitos, repasemos la tabla de posiciones: el equipo de los Jenócrates ya tiene cuatro competencias ganadas y se encuentra muy cerquita de la Idea del Bien. ¡Pero ojo, que los Espeusipos no se quedaron atrás y ya están casi pateándoles los talones, después de haber ganado 100 puntos en el juego de la Línea Dividida! No se despeguen de la pantalla, mis socratitos, que ya pronto se viene el desafío más difícil del programa: ¡La Carrera de los Carros Alados! ¡Sí, nuestros participantes se van a vestir de aurigas y van a tratar de conducir un carro muy especial, tirado por dos caballos, uno manso y otro redomón! ¡Qué desafío, mis socratitos! ¡Una alocada y apasionante carrera en cuesta arriba que uds. no se pueden perder!
¿Quién llegará primero a la Idea y ganará la corona de filósofo rey? ¡Ayayay, por el perro, qué peleado que está el concurso! Pero ahora llamemos a nuestros participantes, porque vamos a jugar a... ¡La Caverna!