miércoles, julio 18, 2007
Traducción
sho aphirmo q la mwerte d Agmnon veras :D
coryfeo! dice:
eee dsdichada, ten tu lengua, no blsfmes!!! >_<
Ksndra dice:
muii lejos Pean se asha d lo q voi kontando -_-
coryfeo! dice:
si oqrre lo q dices, pero ojala q noo!! T_T
Ksndra dice:
sige, sige tu orando mntras los otros matan!! :P
coryfeo! dice:
q varon urde pues, echo tan doloroso?? O_O
Ksndra dice:
distas mucho n vrdad, d ntender mis aweros u_u
coryfeo! dice:
es q no ncuentro el modoo d q esho c ejeqte :(
Ksndra dice:
sin mbarg sta n griego prfcto lo q digo :)
coryfeo! dice:
i tmb los oraqlos, pero c ntienden mal ¬¬
Esquilo, Agamenón, vv. 1246-1255.
martes, junio 12, 2007
Consigna: "Octojuego"
Me tomé el atrevimiento de reescribir las Reglas del Juego, porque consideré que, de acuerdo con el pretendido carácter octogonal del mismo, lo correcto era que fueran 8 y no 4. Según mi versión, pues, las Reglas del Juego son las siguientes:
1) El Jugador debe repetir o parafrasear las Reglas del Juego.
2) El Jugador debe contar 8 cosas de sí mismo.
3) Dado que muchas de las cosas contadas probablemente resulten inverificables para casi todo el mundo, el Jugador debe tener en cuenta que casi todo el mundo confía en la veracidad de él, y que en caso de mentir deliberadamente estará violando dicha confianza.
4) El Jugador dispone, no obstante, de la completa libertad de elegir contar sólo cosas de sí mismo que lo dejan bien parado ante casi todo el mundo.
5) El Jugador debe seleccionar a otras 8 personas a las que invitará a participar del Octojuego y nombrarlas.
6) El Jugador debe depositar sendos mensajes de invitación en los blogs de las personas seleccionadas.
7) Aquel que aceptare la invitación de un Jugador a participar del Octojuego, pasará a convertirse en Jugador y quedará, por lo tanto, sometido a las Reglas del Juego.
8) Aquel que aún no hubiere accedido a convertirse en Jugador y no estuviere, por lo tanto, sometido a las Reglas del Juego, bien podrá hacer caso omiso de la Regla 7 y objetar que no entiende cómo ni en qué momento estaría pasando a convertirse en Jugador. Pero en tal caso, también podrá hacer caso omiso de la Regla 8 y dejarse de hinchar las pelotas.
Ahí voy:
- A los tres años sufrí este accidente: habiéndome hecho pis en un lugar inapropiado de la casa, cuando intenté huir del chirlo de mi madre enojada, resbalé con mi propia orina y me abrí la frente contra el marco de una puerta. Esto me lo cuentan; lo único de aquel día que yo recuerdo –o recuerdo haber recordado– es una enfermera que me preguntó qué quería que me regalasen para mi cumpleaños y que, mientras yo le respondía que el Auto Fantástico pero no el rojo que vendían no sé dónde sino uno negro como el de la tele, ella, no teniendo interés en regalarme absolutamente nada, me anestesió para poder coserme la herida. Todavía hoy me acompaña la canchera cicatriz de aquel resbalón.
- Excursiones que me gustaría hacer: a la isla Martín García; a algún pueblo fantasma de esos abandonados por los trenes; rumbo a Bahía Blanca, o más allá, en tren, no porque me interese el destino sino por experimentar el viaje largo sobre rieles.
- No he sido lo que se llama un gamer, ni un trekkie ni un otaku, pero anduve muy cerca de esas tres obsesiones.
- Descubrí tardíamente mi gusto por los libros. A menudo me avergüenzo mucho de estar conociendo recién ahora algunos clásicos de la literatura, y al leerlos entre gente desconocida (viajando en tren, por ejemplo), intento sostener los libros de manera tal que nadie pueda verles el título.
- Entre los 13 y los 15 años, mientras duró el negocio, trabajé los fines de semana en una pista de kartings que puso mi padre en Villa Elisa.
- Cuando yo conduzca podré abrocharme tranquilo el cinturón de seguridad. Por lo pronto, cuando maneja otro, hago lo siguiente: si él usa cinturón, yo también; si él no, yo tampoco, para no herir su orgullo de conductor con la sospecha de que podría chocar.
- En mi último año de polimodal, mis compañeros de curso me apodaron "Momia" a causa de mi habitual quietud. Cada vez que me vuelvo a encontrar con alguno de ellos, tengo que revivir el malestar de escucharme llamar así. Por suerte me los encuentro poco.
- Desde hace varios meses laburo de sereno. Tomé el empleo creyéndolo propicio a mi buen rendimiento académico. No me equivoqué, pero nada mejoró porque el problema nos es mi circunstancia sino mi falta de disciplina. He ganado, sin embargo, la lectura azarosa de Tolstoi, de Tennessee Williams, de Bioy, Shua, Paenza, Benavente, Marañón, Denevi, Moliére, Maeterlinck y otros. Y voy por más.
Pero tal vez me animaría a invitar a:
Cutipaste (aunque lo adivino contrario a esta clase de prácticas)kdaver (cuyo blog no se dedica a estas cosas, pero a lo mejor quién te dice)
Marta Paste (a quien tampoco veo muy amiga de esta clase de cosas, pero que igual no creo que se ofenda)Rambo (cuyo blog anda parado últimamente, pero que en una de esas...)
Sol (aunque no tiene un blog sino un flog, pero en este punto ya no sé a quién más agarrar)
La persona que nos visita asiduamente desde Neuquén (que seguro tiene un blog y que estaría bueno que se presentase de una buena vez)
Alguna otra persona que quiera sumarse porque le gusta hablar de sí misma
Alguna persona más que se cope de onda
Y si no quieren, dicen que no. Porque no están buenas las cadenas.
lunes, junio 04, 2007
Sobre el fin del mundo
Fragmento de "Informes reservados", del libro Parque de diversiones, de Marco Denevi.
lunes, mayo 21, 2007
De ñomos
Pero hete aquí que una de esas comilonas tuvo un iñominioso desenlace. Sucedió que aquel día la conversación de los ñomos, que giraba sobre los asuntos más variados, fue a instalarse en temas de ñoseología. En ese momento uno de los presentes, el ñomo Iñacio, se declaró añóstico. Para qué. Primero se hizo un silencio general, y en seguida se alzaron cien voces que al unísono lo acusaron de iñorante. "¡Mirá si va a ser incoñoscible!", protestaron. Estaban indiñados. Él se mantuvo firme en su tesis, impuñando los argumentos que le salían al paso. Sin embargo, la última palabra fue de los otros, que no estaban dispuestos a sentir sus oídos impreñados de semejantes ideas, y reputándolo "poseído por el Maliño", se arrojaron con íñeo furor contra el polémico e indiño personaje.
Iñacio resistió un poco, evitando los ataques de un ñomo proñato, pero cuando vio que se le venía encima el montón, estimó que poco más podría sostener su defensa y se entregó resiñado a sus coléricos compagneros, que de tantas pignas lo hicieron agnicos.
martes, abril 17, 2007
Aporías eróticas
jueves, marzo 22, 2007
Aparición
Para entretenerlos un poco y que no hayan venido de balde, les recomiendo ver Elephants Dream, un corto de animación holandés más que interesante. Su página oficial es esta.
jueves, febrero 15, 2007
De Omar
jueves, febrero 08, 2007
Dos críticas de cine malísimas
2.
El placer, opinaba Aristóteles, es un aditivo que acompaña a algunas de nuestras actividades y que de algún modo las perfecciona y las hace más deseables de lo que ya son por sí mismas. Nos entregamos mejor a una actividad cuando ella nos resulta agradable; en cambio, cuanto menor es el placer que nos reporta, peor la ejercemos y más tendemos a abandonarla para ocuparnos en algo diferente. Casi siempre que realizamos dos o más actividades al mismo tiempo, la más agradable desplaza a las otras. Por eso ocurre, por ejemplo, decía el tipo, que cuando los actores de una obra teatral son muy malos, el público suele ingerir más golosinas de las habitualmente consume en tales espectáculos. En fin, lo que quiero decir después de tanto prolegómeno es que, aunque yo no soy nada aficionado a la gula, mientras veía esa película comí cantidades industriales de pochoclo.
martes, enero 02, 2007
El milagro
Del libro La vida imposible, de Eduardo Berti.
viernes, diciembre 15, 2006
Préstamo
En ese momento me di cuenta de que yo estaba soñando. Ahora no entiendo de dónde me vino semejante revelación; sin duda la escena no resultaba inverosímil, porque ya se había dado en repetidas ocasiones durante la vigilia. A lo mejor noté algo fuera de lo común en la atmósfera o en el escenario (una amplia habitación gris, de contornos difusos, desprovista de todo mueble).
El caso es que, sabiendo que estaba en un sueño, me negué al pedido. Con una petulancia innecesaria, le expliqué a mi cuñado:
–Conocido es el carácter irresponsable de los seres oníricos. En virtud de su escasa consistencia ontológica, una vez que han recibido algún préstamo, suelen desvanecerse ante la más tenue brisa, o transformarse sutilmente en otros, sin verificar pago ninguno. Luego el prestador despierta y ya no vuelve a ver a sus fugitivos deudores. O, si por ventura los llega a reencontrar alguna noche, ellos se hacen los desentendidos, hablan de otras cosas y enseguida se escabullen de nuevo entre las sombras.
Él me suplicó que no desconfiara y prometió que unas pocas horas después, cuando ambos estuviéramos despiertos, me devolvería hasta el último peso. No me dejé engañar:
–Supongamos –propuse– que yo te facilitara esa guita. Reconocelo: la mayoría de las veces, el contenido de los sueños cae pronto en el olvido. Si eso mismo sucediere dentro de un rato, como es muy probable, al despertar no me acordaré del asunto y vos podrás estafarme impunemente. Digo más: aun si yo recordare el préstamo, no podré irte con reclamos: dirás que no eras vos quien conversó conmigo esta noche y te zafarás con la excusa de que nadie puede andar haciéndose cargo de las deudas contraídas por su imagen en sueños ajenos; por último, invocarás el nombre de Cadorna y no me devolverás un centavo. Es todo muy vago y por eso –concluí, ya casi gritando–, mi respuesta, repito, es no.
Mi mujer, que nos acompañaba (ahora estábamos sentados en un bar), protestó enfáticamente al oírme. Me increpó con toda libertad, como si supiera que yo aún no había advertido que ella era también parte de la ficción. Intentó convencerme de que su hermano era real: le palmeó ruidosamente el hombro y me invitó a que hiciera la misma prueba. Esa le parecía una demostración suficiente de que él era un tipo de carne y hueso, no una visión engañosa. Repliqué:
–¿Me estás cargando? Estoy dormido, sí, pero no me volví pelotudo. Mi amor: este señor es una figuración del ensueño, y como tal, bien podría parecerle tangible a mi falaz percepción de ensoñador.
La pobre no se dio por vencida. Apuntó entonces otro detalle: antes de pedirme plata, mi cuñado había estado llorando la carta, hablando de su negocio y de las pocas ventas del último mes, relatando pormenores cotidianos e irrelevantes en los que ningún hombre ligero y fugaz debería demorarse.
No sé si ella lo defendía porque era su hermano o porque ambos eran ensoñaciones. El caso es que rechacé, con razón, todos sus argumentos, y persistí en la negativa.
–Si ya tu hermano, el verdadero, es un tiro al aire, ¡calculá cuánto menos fiable puede ser su doble ilusorio! –dictaminé con dureza, como si él, que estaba a nuestro lado, no nos oyera; y en efecto, él no parecía enterarse de nada, absorto como estaba en contemplar el aire.
Es curioso cómo en los sueños, más que en la vigilia, la sucesión de los hechos puede ser caótica e inexplicable. Mi esposa me acusó de amarrete y entonces el diálogo se interrumpió abruptamente cuando todos empezamos a escapar de un japonés que nos perseguía, katana en mano, por unos pasillos angostos. Después quedé solo.
Ahora me causa gracia que en ningún momento se nos ocurriera a alguno de los tres, o mejor dicho, a mí, que el dinero en ese ámbito era también un espejismo efímero, tan inútil para mí como para cualquiera.
jueves, noviembre 23, 2006
Vieja anécdota
Me cuesta creer que don Enrique haya sido alguna vez un pibe. Puedo hacerme una idea de cómo lucía hace un par de lustros, si lo miro entrecerrando los ojos, de manera que una ligera bruma atenúe sus muchas arrugas; pero imaginarlo como a un mocoso de pantalones cortos me resulta totalmente imposible. Yo podría jurar que nunca tuvo menos de 50 y que la calvicie lo acompañó toda la vida. Pero debo dar crédito –me digo– a su propio testimonio: este encorvado anciano, según asegura, contó alguna vez con sólo 11 años. Así pues, no cuestiono sus palabras, por respeto y por temor de que se le ocurra desempolvar algún viejo álbum lleno de fotos amarillentas para exponérmelo con fines probatorios.
De cualquier modo, no consigo evitar que me refiera una "acnédota" de aquella remota infancia. Cuenta el hombre que una vez, en el colegio, durante el curso de 5º grado, la maestra le exigió con severidad que pasara al frente para dar no sé qué lección. El joven Quique se levantó de su asiento y comenzó a avanzar hacia el pizarrón cuando, de pronto, al bajar la vista tímidamente, notó que no llevaba puesto el guardapolvos, que estaba descalzo, que apenas tenía calzoncillos y camiseta: ¡así había concurrido al colegio! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Contuvo un grito y, sin dejar de caminar, miró a su alrededor, aturdido. Sus compañeros –cosa rara– no reían ni murmuraban, ni siquiera exhibían el menor desconcierto ante la situación; tampoco la maestra. Nadie parecía reparar en la inusualmente escasa vestimenta, o a nadie parecía importarle. De todas maneras y por si acaso, lo más conveniente, pensó, sería guardar las formas y actuar con naturalidad, tratando de llamar la atención lo menos posible...
Dice que no sabe qué pasó después: la cinta del recuerdo se corta en ese punto. Finalmente, mientras se lleva el índice tembloroso a la sien, en un gesto que por lo general le ayuda a recordar, confiesa que ya no sabe bien si todo aquello le ocurrió de verdad.